Escribiendo desde 2006
Nº 176·Empresas

Bali podía esperar

Me debo un año desde hace algo más de seis. Iba a empezarlo en Bali. Sigo sin haber ido. Llegó el covid, se cerraron las fronteras y un amigo fue más convincente que Bali. Hoy cierro mi etapa como directivo de Northius, grupo del que sigo siendo socio, con la misma convicción con la que dije que sí aquel día. Lo que me llevo no son las cifras, son las personas. Como estos años han pasado tan deprisa, he decidido contarlos despacio.

Me debo un año desde hace algo más de seis. Iba a empezarlo en Bali, y he acabado sospechando que no habérmelo tomado es lo mejor que pude hacer con él. En lugar de aquel viaje vino todo lo que he vivido en Northius, a un ritmo que ha tenido de año sabático lo que yo de balinés.

Ahora cierro mi etapa como directivo del grupo, del que sigo siendo socio, y precisamente porque estos años han pasado tan deprisa me apetece contarlos despacio, incluido qué fue de Bali.

Mi plan cabía en una sola frase, y en esa frase no había ni un presupuesto ni una oficina. Después de vender la empresa a la que dediqué dieciocho años de mi vida profesional, quería irme a Bali, donde no había estado nunca, y creía necesitar un año sabático en el que iba a aprovechar para conocer Australia y el Sudeste Asiático. Después de tanto tiempo sintiendo la soledad del CEO, Bali me sonaba a lo más lejos que se puede estar de una sala de reuniones.

En ese momento llegó el covid. Se cerraron las fronteras, los aviones se quedaron en tierra y Bali pasó a estar exactamente igual de lejos que el bar de la esquina. Yo aproveché para algo que no hacía desde que cumplí los 18: disfrutar de mis padres más de dos semanas seguidas. Mientras, mi amigo Carlos aprovechó para convencerme de que mi futuro profesional pasaba por la empresa que él había fundado diez años antes, y que desde el inicio fue uno de mis clientes (de hecho, el que más había crecido en ese tiempo). Yo la había visto hacerse mayor desde el otro lado de la mesa, y ahora Carlos me proponía cambiarme de silla.

Hay que reconocer que partía con ventaja, porque quien me hablaba era un amigo, no un desconocido con una presentación bonita. Una semana por Galicia, incluida una barbacoa con el equipo directivo, y lo demás es historia. Así empezó mi relación como socio y directivo de lo que posteriormente se llamaría Northius, y así terminó, casi sin estrenar, el año sabático más corto que he conocido nunca.

Han pasado más de seis años desde que me embarcara ilusionado en esa aventura y con la misma convicción doy un paso a un lado en mi faceta de directivo del grupo. Y aunque hace un tiempo escribí que todo esto iba de jugar el juego largo, esa partida es del grupo, que es bastante más grande que cualquier cargo, empezando por el mío. Yo paso ahora el testigo, tan convencido del proyecto como el día en que le dije que sí a Carlos.

Sobre el papel, cambiar un año de calma por unos cuantos de trabajo no parece la decisión más sensata del mundo. En la práctica es de las mejores que he tomado, y no será porque hayan faltado decisiones que tomar. En este tiempo hemos comprado compañías, algunas firmadas en pleno mes de agosto (¡qué recuerdos!), con medio país en la playa y nosotros metidos en la due diligence, con la firma a las doce y media de la noche. Lo dicho, situaciones que quedan para el recuerdo.

También hemos lanzado líneas de negocio que antes no existían, hemos abierto mercados y nos hemos metido en terrenos nuevos para nosotros, como la educación reglada, en España y en el Reino Unido. Las cifras grandes ya las conté en su día: en cinco años, de 32 a más de 130 millones de euros de facturación, de estar solo en España a estar en 14 países y de 500 a más de 1.600 personas, y todo ello es obra de muchísima gente. Pero es difícil bajar a cifras seis años de trabajo con el ritmo que hemos llevado y tampoco creo que sea lo más importante.

Porque, no se nos olvide nunca, esto va de personas. Y en los negocios también. Lo he comprobado doblemente. Dirigiendo operaciones: detrás de cada proceso que mejora hay una persona (o varias) que ha decidido hacer las cosas de otra manera. Y también comprando compañías: con cada una llegan personas que te confían lo que han tardado años en construir, y a esa confianza hay que corresponderle cada día. Esa correspondencia no acaba el día de la firma, sino en la integración que viene después, cuando esas personas ven que su puesto, su zona de confort, queda en el aire porque no conocen ni al comprador ni sus intenciones. Ahí, entre quienes acompañan y quienes solo frenan, lo único que funciona es tratar de conocer a cada uno para despejar sus dudas y hacer equipo. De una de esas integraciones me quedo con lo que me dijo alguien con quien trabajé entonces, al enterarse de que me iba: que en un negocio que no iba bien lo habíamos enderezado entre todos, y que eso no se le olvidará nunca. De personas así, el grupo está lleno, y son las mismas que me han dado, todos estos años, la energía para dedicarle mi tiempo.

Y digo «mi tiempo» a conciencia, porque el tiempo debería ser el lujo más preciado (no solo por ser limitado, sino también por ser incierto). Que es limitado lo sabemos todos. Que es incierto nos lo recuerda la vida.

Yo tenía un año reservado para mí y decidí dárselo a un proyecto y a su equipo. Han acabado siendo bastantes más. Si lo pienso bien, no aplacé aquel viaje por un cargo ni por un plan de negocio: lo aplacé por ilusión, por personas, primero por un amigo y después, año tras año, también por la gente con la que me fui encontrando. Un viaje siempre se puede aplazar. El tiempo que le puedes dedicar a alguien, en cambio, tiene un momento exacto. Quizá haya otra oportunidad, pero ya no será lo mismo. Más vale que haya merecido la pena. El mío, lo digo sin dudarlo, la ha merecido.

Y sin embargo, cuando repaso estos años, pienso menos en el tiempo que yo he puesto que en el que me han dado los demás. A esas personas quiero agradecerles de corazón su tiempo. Las redes son útiles si se les da buen uso, pero yo prefiero lo personal, así que las gracias las he dado y las iré dando de una en una y, a ser posible, fuera de las oficinas.

Aquí, en público, me quedo con dos: la primera es para mis socios y para todo el equipo de Northius, por la confianza de estos años, y la segunda, para quien hizo que hubiera historia que contar. Gracias, Carlos, por haber sido más convincente que una playa de Bali. Con los años he llegado a una conclusión poco científica: a veces, lo mejor que le puede pasar a un plan es que un amigo te lo estropee a tiempo.

Luego está la parte menos lucida. En estos seis años he cometido errores, casi todas las semanas, pero con el tiempo he descubierto que ese es un rasgo muy humano y que lo que diferencia a las personas es cómo reaccionan ante ellos y la capacidad y voluntad de aprender para seguir mejorando. (Ha habido semanas en las que he sido especialmente humano).

También he tardado lo mío en entender que la decepción es la distancia entre las expectativas y la realidad, y las expectativas muchas veces las generamos nosotros mismos. Yo soy el primer ejemplo: nadie me prometió Bali, me lo prometí yo solo, y fueron mis expectativas las que no acertaron, porque la realidad ha resultado ser muy distinta al plan, aunque no la cambiaría. Sé, eso sí, que otros pudieron esperar algo distinto de mí. Si en algún momento no supe darlo, les pido disculpas con la misma sinceridad con la que doy las gracias.

Si algo no ha cambiado en todo este tiempo es aquello en lo que creo. Llevo ya veinticinco años en el sector de la educación y sigo siendo un romántico. La educación puede (y debe) ayudar a mejorar la vida de las personas. Quien decide estudiar nos entrega lo más caro que tiene: horas que le quita al sueño, a su familia o al fin de semana, con la esperanza de que después su vida sea un poco mejor. Estar a la altura de esas horas y de esa ilusión es de lo más serio que he tenido entre manos.

Espero haber dejado algo de legado en el grupo. No pienso en un proceso ni en un método de trabajo (eso, por suerte, siempre lo acaba mejorando quien viene detrás), sino en algo bastante más pequeño: que alguien, en una reunión en la que yo ya no esté, eche mano de algo que aprendimos juntos y le sirva. Sé que esas cosas pasan porque hace poco lo comprobé dos veces. Alguien con quien trabajé en una de esas integraciones se despidió de mí entre lágrimas y agradecimientos. Aun aplicando el filtro del momento, sabiendo que los recuerdos se agrandan, me quedo con todo el cariño recibido, dicho o no. También me pasó con Leonardo, un cliente de la empresa que vendí antes de pensar en Bali, quien, en un par de horas que duró una cena, me recordó al menos cuatro situaciones vividas conmigo en las que había aprendido algo que hoy sigue usando. Fue una mezcla de orgullo y sorpresa porque, para ser honesto, yo no las recordaba hasta que él las describía, y lo hacía como si hubieran ocurrido anteayer y no hace más de diez años.

Queda por contar qué viene ahora, y lo primero es que sigo siendo socio de Northius. Me va a alegrar como pocas cosas ver hasta dónde llega, no solo por eso, sino por las personas que hay en el grupo. En cuanto a mis planes, después de lo de Bali se entenderá que no me fíe de ninguno que quepa en una sola frase. Lo único que tengo claro es que deseo seguir aportando mi granito de arena como emprendedor a hacer un poquito mejor la vida de aquellos a los que tenga la suerte de tener cerca. No se me ocurre una ambición más modesta ni más difícil.

El año que me debo sigue pendiente, y Bali, por cierto, sigue donde estaba, a muchas horas de avión y, que yo sepa, sin haberse quejado del plantón. Pero, aun así, le debo una explicación: Bali, sigo sin conocerte, pero no dudes de que, cuando lo haga, será en el momento adecuado y con la persona adecuada. Tú podías esperar. Las personas, no.

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